Fase Herrera en el altiplano cundiboyacense
Entre aproximadamente el 400 a. C. y el 100 d. C. —con raíces cerámicas desde el 1320 a. C. y prolongaciones hasta el 1000 d. C.— la fase Herrera definió el horizonte cultural del altiplano cundiboyacense mediante una economía agrícola, aldeas pequeñas y una cerámica de decoración incisa característica. Su relación con el mundo muisca posterior sigue siendo el problema abierto más importante de la arqueología prehispánica colombiana.
Ficha del acontecimiento
Síntesis
- Cuándo
- c. 400 a. C. – 100 d. C. (rango amplio: c. 1320 a. C. – 1000 d. C.)
- Dónde
- Sabana de Bogotá, Altiplano cundiboyacense, Zipaquirá, Tunja, Zipacón (Cundinamarca), Laguna de La Herrera, Tequendama, Sopó, Nemocón, Valle de Leiva (El Infiernito), Suta, Funza
- Protagonistas
- Marianne Cardale de Schrimpff, Gonzalo Correal Urrego, Ana María Boada, Carl Henrik Langebaek, Thomas van der Hammen, Sylvia Broadbent, Braida Enciso, Álvaro Botiva, Portadores de la fase Herrera (grupo cultural)
Lectura causal
Causas, hecho y consecuencias
Causas
- Introducción de la agricultura y la alfarería en el altiplano como complejo ya desarrollado, posiblemente acompañada de inmigraciones humanas desde otras áreas, documentada en Zipacón hacia el 1320 a. C.
- Condiciones ambientales del tardiglacial andino que favorecieron la ocupación estable del altiplano y la transición de economías cazadoras-recolectoras hacia la dependencia de cultígenos.
- Redes de intercambio de largo alcance —que conectaban el altiplano con los pisos térmicos del valle del Magdalena, la costa atlántica y la Cordillera Central— que facilitaron la circulación de plantas cultivadas, materias primas líticas y posiblemente personas.
- Disponibilidad de recursos agrícolas diversificados (maíz, batata, aguacate, cerezo criollo) que permitieron sostener asentamientos permanentes en las tierras frías del altiplano.
Consecuencias
- Establecimiento de un horizonte cultural estable y reconocible —definido por los tipos cerámicos Mosquera Roca Triturada y Mosquera Rojo Inciso— que perduró durante al menos cinco siglos en la Sabana de Bogotá y los valles boyacenses.
- Configuración de un paisaje de aldeas agrícolas pequeñas y dispersas (como El Venado, con no más de 50 personas en 11 viviendas) que sentó las bases territoriales sobre las que se desarrollaron posteriormente los asentamientos muiscas.
- Continuidad de ocupación en sitios clave —El Infiernito, Funza, posiblemente Sogamoso— desde el período Herrera hasta el Muisca Tardío y la Conquista, lo que impide sostener la imagen de un altiplano vaciado y repoblado.
- Apertura de un debate historiográfico y arqueológico sin resolver sobre la naturaleza de la transición Herrera-Muisca, que cuestiona la narrativa nacional de continuidad indígena lineal y obliga a considerar tanto escenarios de evolución gradual como de aporte poblacional externo.
- Crecimiento demográfico tardío en los Andes orientales —observable solo a partir de los siglos III-IV d. C.— que sugiere una intensificación poblacional progresiva más que una sustitución súbita de la fase Herrera por los muiscas.
La clave interpretativa
Por qué importa
La fase Herrera demuestra que el altiplano cundiboyacense tuvo más de un milenio de vida agrícola y alfarera organizada antes de que existiera algo reconocible como 'muisca', lo que obliga a desmontar la narrativa de una identidad indígena andina continua y sin rupturas. El problema irresuelto de la transición Herrera-Muisca —si fue evolución, migración o desplazamiento— no es un detalle técnico: es el punto donde la arqueología colombiana enfrenta sus límites metodológicos más serios y donde la historia profunda del país sigue siendo, en sentido estricto, desconocida.
Desarrollo histórico
La historia completa
Fase Herrera
La fase Herrera es el horizonte cultural que ocupó el altiplano cundiboyacense durante al menos cinco siglos antes del cambio de era, con una ocupación documentada estratigráficamente entre aproximadamente el 400 a. C. y finales del siglo I d. C., aunque su rango cronológico completo se extiende entre 2400 y 1000 años antes del presente. Se le reconoce por una cerámica de decoración predominantemente incisa —los tipos Mosquera Roca Triturada y Mosquera Rojo Inciso la definen técnicamente—, por una economía agrícola ya establecida y por una distribución que cubre la Sabana de Bogotá y los valles boyacenses hasta los alrededores de Tunja. Su relevancia no está en haber sido pintoresca ni en haber precedido a algo más notable: importa porque su sola existencia obliga a repensar la historia profunda del altiplano. Antes de que hubiera algo reconocible como "muisca" —esa etiqueta que la Conquista fijó y la historiografía nacional convirtió en pilar identitario—, hubo un milenio y medio de vida agrícola y alfarera en las tierras frías de Cundinamarca y Boyacá cuya relación con lo muisca sigue siendo, después de décadas de investigación, un problema abierto. La fase Herrera es el nombre técnico de esa densidad previa; también es el punto donde la narrativa lineal de "lo indígena colombiano" muestra sus grietas.
Un altiplano habitado desde el tardiglacial
La Sabana de Bogotá comprende la parte alta de la cuenca del río Bogotá con una extensión de 4.250 km², de los cuales 1.200 son perfectamente planos. La temperatura media en la porción baja ronda los 13,5 °C, con oscilación anual inferior a un grado pero con contrastes diurnos que en época seca van de 25 °C de sol a -3 °C de escarcha; la precipitación media anual es de 850 mm, con marcadas variaciones internas. Bajo esas planicies quedó el fondo de un lago antiguo, desecado hace entre 30.000 y 20.000 años, en un paisaje que durante el Glacial Würm correspondía al páramo, con bosques de aliso replegados en los sectores abrigados, frailejones y praderas abiertas. Cuando el tardiglacial trajo, hacia los 12.500 años antes del presente, un ascenso de temperatura y mayor humedad, los primeros grupos humanos entraron a los abrigos rocosos del Abra y del Tequendama.
La secuencia precerámica de Tequendama I abarca varios milenios del Holoceno temprano y medio. En Tibitó, Gonzalo Correal excavó restos de mastodontes y caballos americanos en asociación con actividad humana, lo que confirma que los primeros ocupantes cazaron megafauna pleistocénica. Ya en el Holoceno temprano, la subsistencia se había reorientado hacia mamíferos pequeños —curí, ratón, conejo— y a la recolección en bosque andino, sin que el venado dejara de ser presa. Los grupos no vivían aislados: en Tequendama aparecen materiales de diorita y basalto procedentes de la Cordillera Central, y en Chía se han identificado artefactos sobre tobas silíceas y andesita, indicios de que las materias primas se movían desde temprano en redes de alcance regional.
Entre el Holoceno medio y tardío, algunos grupos empezaron a ocupar con mayor frecuencia sitios a campo abierto. En Checua se documentaron entierros sobre una plataforma artificial, con individuos adultos e infantes depositados en áreas especiales con lechos de piedra, entre hace 6.500 y 5.000 años. En Aguazuque, la primera ocupación —fechada hacia el sexto milenio antes del presente— dejó 59 entierros sencillos o dobles. El altiplano ya no era territorio de tránsito: era espacio habitado, con memoria de los muertos y con un manejo estable del paisaje.
La irrupción agrícola y alfarera: Zipacón
El punto de bisagra está en Zipacón. En sus abrigos rocosos, en una capa fechada en 3.270 años antes del presente —hacia el 1320 a. C.—, aparece la cerámica más antigua conocida en la altiplanicie oriental: los tipos Mosquera Roca Triturada y Mosquera Rojo Inciso, que definirán después toda la fase Herrera. Con la cerámica llegan restos vegetales que dibujan un régimen agrícola ya diversificado: raquis de maíz, semillas de cerezo criollo, tubérculos desecados de batata, endocarpios de aguacate. La combinación es reveladora: la batata pertenece a tierra fría, el aguacate a tierra cálida o templada, y su coexistencia en Zipacón indica desplazamientos frecuentes o intercambios sostenidos entre la altiplanicie y los pisos térmicos del valle del Magdalena y las vertientes cordilleranas.
La lectura arqueológica clásica sostiene que la agricultura entró al altiplano como un complejo ya desarrollado, posiblemente acompañado de inmigraciones humanas provenientes de otras áreas. La hipótesis es delicada: introduce, en el punto mismo de origen de la secuencia agro-alfarera local, la posibilidad de un aporte poblacional externo. Correal, por su parte, ha planteado que la dependencia de cultígenos en la Sabana de Bogotá pudo iniciarse incluso antes, sin cerámica todavía, entre grupos aún predominantemente cazadores y recolectores. El maíz, cuando llega, llega ya domesticado, en un momento anterior al que en su día postuló Reichel-Dolmatoff. La transición al mundo agrícola en el altiplano fue lo bastante gradual como para no dejarse describir como una revolución súbita, y lo bastante marcada —Zipacón lo muestra— como para no confundirse con una simple prolongación del mundo precerámico.
Alrededor de esa fecha se abren los siglos oscuros que separan las primeras manifestaciones agro-alfareras del despliegue pleno de la fase Herrera clásica.
La definición arqueológica de Herrera
La fase Herrera, propiamente dicha, se define por la ocupación estratificada excavada por Marianne Cardale de Schrimpff en Zipaquirá, que estableció una presencia sostenida en la Sabana de Bogotá durante no menos de cinco siglos, desde aproximadamente el siglo IV a. C. hasta finales del siglo I d. C. Ese es el corazón cronológico de la fase, aunque la cerámica del complejo aparece antes en Zipacón y persiste después: la cronología general del período se extiende, en los estudios de asentamiento, entre los 2400 y los 1000 años antes del presente.
La distribución espacial abarca la Sabana de Bogotá y los valles del norte del altiplano: laguna de La Herrera —que le da nombre—, Zipacón, Tequendama, Zipaquirá, Sopó, Nemocón y los alrededores de Tunja. En el valle de Leiva, sitios como El Infiernito presentan ya ocupaciones adscribibles al período. La cerámica que unifica ese territorio tiene, como marca principal, una decoración incisa: líneas trazadas sobre la pasta antes de la cocción, con motivos geométricos que en los tipos Mosquera Rojo Inciso se combinan con un engobe rojo. La técnica y los tipos permiten reconocer la ocupación desde el primer barrido de un sitio.
La economía era agrícola. Los asentamientos, en cambio, eran pequeños. En El Venado, en el valle de Samacá, el componente Herrera lo formaban no más de unas cincuenta personas distribuidas en once viviendas agrupadas en dos zonas residenciales. La imagen contrasta con la que se suele asociar a lo muisca —cacicazgos populosos, capitanías, mercados—: la fase Herrera fue un mundo de aldeas dispersas, con densidad demográfica baja, sin la concentración que caracteriza los períodos posteriores. Durante siglos, en el altiplano se cultivó, se cocinó en ollas incisas, se enterró a los muertos, se transitó entre pisos térmicos, sin que la escala poblacional exigiera —ni permitiera— las jerarquías políticas que el siglo XVI encontraría instaladas.
Que ese mundo haya durado tanto es lo primero que la fase Herrera obliga a asumir: no es una etapa fugaz de tránsito hacia otra cosa, sino un horizonte cultural estable, con identidad técnica reconocible, extendido sobre buena parte del territorio que después ocuparán los muiscas.
El altiplano como nodo de circulación
Antes de entrar en el problema de la transición, conviene retener una imagen que el material arqueológico deja clara: el altiplano no era un mundo cerrado. La coexistencia de batata y aguacate en Zipacón ya lo insinuaba; el resto del registro lo confirma. En sitios de la Sabana de Bogotá aparecen caracoles marinos procedentes de la costa atlántica, evidencia de una circulación de bienes de largo alcance que atravesaba la cordillera y llegaba a las tierras frías desde el norte. Los valles del Apulo y del río Seco, que descienden del altiplano hacia el Magdalena, funcionaron como vías naturales de comunicación con los pisos cálidos. Las materias primas líticas —diorita, basalto, tobas silíceas, andesita— se movían desde territorios de la Cordillera Central.
La fase Herrera no fue un aislamiento montañoso. Fue el asentamiento agrícola de una región conectada por redes de intercambio que traían al altiplano productos de tierra caliente, moluscos marinos y piedras foráneas, y que sin duda —aunque la evidencia material sea sólo indirecta— traían también ideas, técnicas y personas. Esta apertura pesa en el problema que viene: si los siglos posteriores muestran cambios culturales, no es necesario postular una invasión para explicarlos, pero tampoco puede descartarse que en ese flujo constante hayan viajado aportes poblacionales significativos.
El problema de la transición
Hacia los siglos finales del primer milenio de la era —el Muisca Temprano se sitúa entre los 1000 y los 800 años antes del presente, y el Muisca Tardío entre los 800 y los 500—, el altiplano cambia. Los asentamientos crecen. Aparecen palizadas en Suta, en el valle de Leiva. La cerámica se diversifica. Se documenta diferenciación residencial: unidades con más cerámica ceremonial, más festejos, más acceso a productos exóticos. En El Venado, la comunidad llega a ocupar 14,4 hectáreas distribuidas en nueve zonas durante el Muisca Tardío, una escala muy distinta a las cincuenta personas del componente Herrera. Se conforman las comunidades que los cronistas españoles del siglo XVI describirán como cacicazgos y capitanías.
¿Qué relación hay entre esos dos mundos? La pregunta ha organizado el debate arqueológico regional durante décadas y sigue sin respuesta cerrada. Dos posiciones extremas se han sostenido en algún momento. La primera afirma que los muiscas fueron un grupo invasor tardío, sin continuidad significativa con los portadores de la fase Herrera: el altiplano habría sido tomado, en algún punto entre los siglos VIII y X, por poblaciones chibchas llegadas desde otras regiones. La segunda invierte el sentido de la migración: el origen de todos los pueblos chibchas estaría, precisamente, en el territorio muisca, desde donde se habrían dispersado. Ambas se apoyan en evidencia débil. Ninguna se sostiene con solidez.
El obstáculo no es sólo de datos. Es metodológico y estructural. La introducción de nuevas tecnologías líticas, el inicio de la agricultura, cambios en la cerámica o transformaciones en los patrones de asentamiento pueden obedecer a adaptación cultural, a alteraciones en la distribución de recursos o a nuevas necesidades sociales; no implican, por sí mismos, llegada de nueva población. Y a la inversa: la continuidad cerámica no excluye mezcla o reemplazo poblacional, porque los recién llegados pueden adoptar las tradiciones técnicas locales. La arqueología, con sus herramientas habituales, no distingue con nitidez entre esos escenarios. Por eso las posturas extremas se derrumban al examinarlas de cerca: no hay manera limpia, desde el registro material, de demostrar una invasión ni de descartarla.
La genética, que en otras regiones ha permitido zanjar debates parecidos, aquí ofrece por ahora poco. Los individuos Herrera excavados en Madrid, en la Sabana de Bogotá, y analizados por Alejandro Silva, corresponden al haplogrupo mitocondrial B; pero la muestra proviene de un entierro colectivo y no es representativa del período. Un dato aislado, obtenido de un contexto singular, no autoriza inferencias amplias sobre continuidad o discontinuidad poblacional.
Los mismos lugares, poblaciones nuevas
Frente a las dificultades para probar una ruptura, lo que el registro sí muestra con cierta claridad es que muchos de los sitios importantes del período Muisca tienen ocupación previa Herrera. En el valle de Leiva, El Infiernito —descrito en el siglo XVI como sede ceremonial— presenta antecedentes que se remontan a la fase Herrera. Sogamoso, posiblemente, también. En la Sabana de Bogotá, el estudio de Ana María Boada en torno a Funza documenta que algunas concentraciones surgidas durante el período Herrera se mantuvieron, crecieron y se hicieron más densas durante el período Muisca, atrayendo población de los alrededores. La secuencia de ocupaciones humanas en el altiplano cundiboyacense es, además, ininterrumpida desde alrededor del año 900 d. C. hasta la Conquista española, y en algunas regiones aún durante el período colonial.
Esa continuidad de lugar pesa. No prueba continuidad étnica ni genética —los sitios pueden pasar de mano en mano—, pero sí impide sostener la imagen de un altiplano vaciado y luego repoblado. Los mismos parajes que albergaron aldeas Herrera albergaron después centros muiscas más grandes; los pueblos que los cronistas describieron a mediados del siglo XVI ocupaban, en varios casos, emplazamientos con historia arqueológica de al menos mil quinientos años. El paisaje humano se transformó, sin duda; pero se transformó sobre una trama de lugares habitados que se sostuvieron a través de la transición.
Un rasgo adicional refuerza esta lectura. El crecimiento demográfico de los Andes orientales fue relativamente tardío en el conjunto del actual territorio colombiano: sólo hacia los siglos III y IV d. C. se observa un aumento poblacional importante, mucho después que en el Alto Magdalena o Tierradentro. Ese patrón no es anómalo dentro del mundo chibcha —se parece al detectado en otras poblaciones chibchas de Centroamérica y del norte de Colombia—, pero permite pensar la transición Herrera-Muisca menos como un episodio de sustitución súbita y más como una intensificación demográfica que se despliega, a lo largo de siglos, sobre poblaciones ya asentadas.
La reorganización social: lo nuevo del Muisca Temprano
Si algo cambia con nitidez entre Herrera y Muisca Temprano, no es tanto la composición biológica de la población como la organización social. Y ese cambio empieza a ser visible en el registro arqueológico desde los primeros siglos del segundo milenio.
En Suta, en el valle de Leiva, Hope Henderson documentó que desde el Muisca Temprano existían algunas unidades residenciales concentradas dentro de una palizada, rodeadas de otras unidades exteriores. La palizada es un rasgo material claro: separa un adentro de un afuera, distingue posiciones dentro del asentamiento. En el Muisca Temprano esa distribución de las unidades interiores era todavía aleatoria; en el Tardío se volvería más equidistante, con un ordenamiento más deliberado del espacio. Las unidades con mayor concentración de cerámica decorada en el Muisca Temprano tendieron a conservar esa concentración en períodos posteriores, lo que sugiere una diferenciación social sostenida en el tiempo.
En El Venado, en el sector conocido como La Esmeralda, una unidad residencial —LH-6— concentraba, durante el Muisca Temprano, mayor cantidad de cerámica decorada, de mayor calidad y con motivos más finos, asociada a actividades ceremoniales: jarras, copas, cuencos. Otra unidad, LH-5, tenía más ollas y cerámica importada de fuera de la región. La Esmeralda, para Boada, corresponde al área del grupo fundador, con acceso privilegiado a bienes ceremoniales y a redes de intercambio. El sector vecino, El Recuerdo, con menos cerámica decorada y menos evidencias de festejos, habría sido poblado por unidades residenciales de menor prestigio. La aldea deja de ser un conjunto de casas equivalentes y se convierte en un espacio socialmente estratificado.
La diferenciación no es total ni uniforme. En Bogotá, durante el Muisca Tardío, la cerámica fina procedente de la región de Guatavita aparece con menor frecuencia en la zona probable de la capitanía principal y con mayor frecuencia cuanto más alejadas están las unidades domésticas de esa zona. Langebaek interpreta el patrón en un sentido preciso: las élites no controlaban de manera directa el intercambio de esa cerámica ni tampoco el de la sal —dos bienes que la historiografía tradicional había atribuido al monopolio de los caciques—. En Tibanica, los ajuares funerarios no reflejan una correspondencia directa con el estatus residencial: el grupo con mayor acceso a festejos, fauna exótica y carne no es necesariamente el que posee los ajuares más ricos. La riqueza que se exhibe en vida y la que acompaña al muerto siguen lógicas distintas.
De ese mosaico emerge una figura más compleja que la del cacicazgo jerárquico clásico. La sociedad muisca temprana muestra diferenciación residencial temprana, palizadas, festejos y control de bienes ceremoniales, pero no un monopolio férreo de las élites sobre la economía. Los documentos españoles del siglo XVI son indicativos, por su parte, del apego muisca a objetos suntuarios: textiles finos, oro, caracoles marinos —los mismos que llevaban circulando en la región desde milenios atrás—. La transformación entre Herrera y Muisca no fue el paso de un mundo igualitario a uno jerárquico rígido; fue la aparición, sobre poblaciones que en muchos casos ya estaban ahí, de mecanismos de diferenciación social visibles en el espacio doméstico y en el consumo ceremonial.
La construcción tardía de la disciplina
Nada de esto se veía a mediados del siglo XX. La arqueología del altiplano cundiboyacense era, hasta los años cincuenta, un campo con escasas secuencias cronológicas fiables. La mayor parte de los materiales muiscas en museos y colecciones procedía de guaquería o de hallazgos fortuitos, sin contexto estratigráfico. Las primeras clasificaciones arqueológicas de Colombia organizaron el territorio en áreas culturales con posiciones cronológicas relativas —muisca y tairona eran "tardíos", quimbaya, tierradentro y sinú "medios", San Agustín "temprano"—, pero dentro de cada área faltaban las fases internas. Los trabajos pioneros de Bennett, Ford, Haury y Cubillos en los años cuarenta y cincuenta iniciaron el esfuerzo por construir secuencias, con resultados modestos en contraste con lo que ya se hacía en Mesoamérica, los Andes centrales, las Antillas o Venezuela.
La reconstrucción de los orígenes y fases de desarrollo de la cultura muisca era, hacia esos años, una tarea pendiente, y el debate identitario que la envolvía venía de antes. En 1895, Vicente Restrepo había cuestionado la exaltación de la cultura muisca sosteniendo que lo conocido de ella era pura conjetura y que los monumentos y documentos sugerían más bien una sociedad relativamente pobre. Manuel Uribe, desde otro lugar, defendía la inferioridad de la raza indígena y la superioridad del mestizo. La discusión, cargada ideológicamente, se libraba con materiales tardíos descontextualizados: los muiscas eran, para el siglo XIX y buena parte del XX, un símbolo antes que un objeto arqueológico bien delimitado.
La definición estratigráfica de la fase Herrera —consolidada por los trabajos de Sylvia Broadbent y, sobre todo, por las excavaciones de Cardale de Schrimpff en Zipaquirá— cambió el marco. Reveló que bajo lo muisca había un horizonte cultural más antiguo, más extendido y más duradero de lo que la historiografía había supuesto. Sobre esa base se apoyaron después las investigaciones de Boada en Funza y El Venado, las de Langebaek en la Sabana de Bogotá y en Tunja, los trabajos de Braida Enciso y Álvaro Botiva en distintos puntos del altiplano, y las secuencias precerámicas de Correal en Tequendama, Tibitó, Aguazuque y Checua, junto con los estudios paleoambientales de Thomas van der Hammen. La fase Herrera, como concepto arqueológico consolidado, no existía hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XX. Su definición reescribió la profundidad temporal del altiplano.
Lo que queda abierto
La transición Herrera-Muisca sigue siendo el problema abierto. Lo que la evidencia acumulada permite afirmar con cierta seguridad es esto: la fase Herrera fue un horizonte cultural propio y prolongado, con al menos cinco siglos de ocupación documentada estratigráficamente; sus poblaciones se distribuyeron sobre buena parte del territorio que después ocuparían los muiscas; muchos de los sitios importantes del mundo muisca tienen antecedentes Herrera; el crecimiento demográfico y la aparición de diferenciación social se despliegan a partir de los siglos III–IV d. C. y sobre todo desde el Muisca Temprano, sin que exista evidencia sólida de un reemplazo poblacional súbito.
Lo que no puede afirmarse con la misma seguridad es la composición étnica o biológica de esa continuidad. La hipótesis de que la agricultura llegó al altiplano como un complejo ya desarrollado, posiblemente con inmigraciones humanas, abre una puerta en el origen mismo de la secuencia agro-alfarera. El límite metodológico —que ni la cerámica ni la lítica ni los patrones de asentamiento distinguen adaptación cultural de aporte poblacional— impide cerrar el debate desde el material arqueológico. La genética, con los datos actuales, no alcanza a resolverlo. Y el término "chibcha" —usado a la vez para designar al grupo muisca y a una familia lingüística que se extendía por buena parte del territorio colombiano y más allá— arrastra una ambigüedad conceptual que complica cualquier intento de proyectar identidades hacia el pasado profundo.
Con esa cautela, la lectura más sostenible del material disponible es la siguiente: entre la fase Herrera y el mundo muisca clásico hubo continuidad de lugar y probablemente continuidad demográfica sustancial, pero también reorganización sociopolítica interna significativa, intensificación de redes de intercambio de larga distancia y posibles aportes externos cuya magnitud la arqueología actual no puede cuantificar. Ni invasión limpia, ni evolución lineal autóctona: una trama en la que el altiplano se pobló, se agriculturizó, se conectó con otras regiones, se estratificó y se reorganizó a lo largo de más de dos milenios, sin episodios únicos de ruptura que expliquen la totalidad del cambio.
Por qué sigue importando
La narrativa nacional construida desde el siglo XIX hizo de los muiscas un pilar de la identidad colombiana: la civilización indígena del altiplano, el pueblo de El Dorado, el equivalente local de aztecas e incas. Esa narrativa, útil como mito fundacional, tiene un costo epistemológico. Aplana la historia profunda del altiplano y la reduce a un antecedente indeterminado del cual emergen los muiscas ya formados; escamotea los milenios de ocupación agrícola y alfarera que la anteceden y convierte en misterio lo que es, en rigor, un problema arqueológico trabajable.
Reconocer la fase Herrera es devolverle al altiplano cundiboyacense esa profundidad temporal. Lo muisca no empezó con los muiscas. Empezó mucho antes, en los abrigos rocosos de Zipacón, con las primeras ollas de decoración incisa, con los primeros raquis de maíz y los primeros aguacates traídos desde tierra caliente. Y todavía no terminamos de entender cómo, a lo largo de más de dos mil años, ese comienzo se transformó en la sociedad que los cronistas del siglo XVI llamaron —con un nombre que ellos escogieron— muisca.
La época alrededor
Este hecho no ocurrió solo
Archivo documental
Documentos y fragmentos citados
01Historia de Colombia. La Colombia más Antigua. Tomo 1Gonzalo Hernández de Alba (dir.); Camilo Domínguez O., José L. Lorenzo, Amancio Fernández, Gonzalo Correal y otros · p. 101, 107, 116, 119 y 2 más6 citas
[1]laguna de la Herrera, Zipacón, Tequen- 114 Dibujo explicativo de los diferentes tipos de cerámica muisca. Entre esas variadas formas había piezas de simple utilidad doméstica y otras de uso ritual, como copas, múcuras y figurillas. dama, Zipaquirá, Sopó y Nemocón, y hacia el norte del altiplano en los alrededores de…p. 141
[2]que, durante el citado período, hicieron su aparición en la sabana de Bogotá las primeras ma- nifestaciones agro-alfareras. En los abrigos roco- sos de Zipacón (Cundinamarca), en una capa que data de 3.270 años antes del presente, aparecen los registros cerámicos más antiguos que se conocen en la altiplanicie…p. 119
[19]en Colombia se re- monta a varios milenios más allá de la fecha obte- nida en este sitio. Pero esta es una cuestión que sólo podrá ser resuelta por futuras investigaciones ar- queológicas.. El sitio del Teguendama La contiruidad de los trabajos arqueológicos durante el año 1971 dio como resultado nuevos ha- llazgos…p. 101
[20]densos de los abrigos rocosos de Colombia, los grupos o ban- das que allí permanecieron no debían pasar de unos treinta o cuarenta individuos en cada sitio. El holoceno Al concluir el pleistoceno, hace unos 10.000 años, el clima mejoró considerablemente. Los he- lechos arborescentes, los robles, los encenillos y otras…p. 116
[24]en las que se producía abundante comida, que estaban densamente pobladas. Más adelante, la expedición encontró, en las me- setas y sabanas de Cundinamarca y Boyacá (nom- bres de la actual distribución administrativa de Co- lombia), una agrupación indígena numerosa que fue llamada de los muexas o muiscas desde los pri-…p. 127
[31]Medio ambiente pleistocénico y holocénico y características culturales Si fuera posible remontarse unos 30 milenios antes del presente en la escala del tiempo, contem- plaríamos, en la zona que hoy corresponde a nues- tra sabana de Bogotá, un inmenso lago enmarcado por colinas y estribaciones cordilleranas. Hoy se…p. 107
02Antes de Colombia. Los primeros 14.000 añosCarl Henrik Langebaek · 2021 · p. 155, 203, 235, 376, 3835 citas
[3]triángulo o en línea. Gracias a investigaciones realizadas en diversas partes de los Andes orientales se sabe que las viviendas muiscas medían entre unos 5 y 6 metros de diámetro, si bien existió una enorme diversidad de estructuras, sobre todo en los periodos más tardíos. El Venado, durante la última parte del…p. 235
[12]y contradicen la idea de que se pueda hablar tan fácilmente de un proceso ordenado y lineal, mediante el cual una abusiva élite fue cada vez más exitosa en controlar más y más al resto de la población. En un lugar no muy lejano a El Venado, en Suta (valle de Leiva), Hope Henderson encontró que desde la ocupación…p. 383
[14]a las áreas de asentamiento humano o se relacionó con actividades como la caza, sin que se puedan inferir actividades agrícolas de consideración. También es claro que la gente cultivaba sin que existiera una población abundante. Según lo que conocemos hasta ahora, lo anterior fue cierto hasta hace unos 3500 años, y en…p. 203
[15]de población. Estudios llevados a cabo por José Luis Socarras han confirmado que el maíz fue importante no solo en la segunda ocupación, sino también en la primera. Los estudios de José Vicente Rodríguez en el sitio de Santa Helena han encontraron que la segunda ocupación no se interrumpió hace 650 años, es decir,…p. 376
[22]construyeron una plataforma artificial de 640 m² sobre la cual enterraron a sus muertos. Tanto individuos adultos como infantes fueron depositados en áreas especiales, sobre lechos de piedra, y fueron cubiertos con material orgánico, tierra y más piedras. Al lado de estos entierros se encontraron miles de huesos de…p. 155
03Enciclopedia de Colombia - Volumen 2Camilo Calderón Schrader · 2001 · p. 211 cita
[4]valle del río Magdalena, a través de la cuenca del río Sogamoso. Otra vía fue la vertiente del río Apulo, tributario del Bogotá, que marca valles alargados y vías naturales de fá- cil acceso para los grupos que debieron despla- zarse desde los pisos térmicos cálidos hasta la sa- bana de Bogotá, y en sentido inverso,…p. 21
04Los muiscas. La historia milenaria de un pueblo chibchaCarl Henrik Langebaek · 2019 · p. 38, 43, 53, 78 y 4 más8 citas
[5]sus parientes del Istmo. También se puede proponer como hipótesis que existieron serias diferencias regionales y que la historia genética de las diferentes comunidades de lengua chibcha no parece haber sido idéntica en todo lugar. Una pregunta importante al respecto es: ¿cómo se puede com- parar la información…p. 53
[6]orientales se redujo a una serie de invasiones de pueblos, siendo ellos un último y relativamente reciente grupo de invasores, Se propuso que los muiscas no tuvieron mucho que vercon el período Herrera, Por supuesto, también se ha planteado la idea opuesta, que el origen de todos los pueblos chibchas era el territorio…p. 43
[7]disminuir, en Sogamoso aparecen algunas que son más grandes que otras, al igual que en Fúquene. En el valle de Leiva ocurre algo particular: se conforman dos comunidades donde se concentra la mayor parte de la población, y una de ellas (El Infier- mito) es algo más grande que la otra (Suta). El Infiernito parece tener…p. 181
[8]m de ancho. Durante el período Muisca O se encuentran concentraciones de población separadas 200 0 300 metros que parecen formar un solo asentamiento, una jerarquía, pese a que algunas concentraciones son un grandes que otras. Esas concentraciones provienen de la el último período prehispánico tampoco se puede…p. 176
[9]resto de regiones investigadas. De hecho, onjunto de estimativos de población mencionados sugiere que ción a la llegada de los españoles era más densa en ciertos tre s del sur y del occidente del país que en varias regiones de los S s orientales. La población del Bajo Magdalena parece haber nenor que la de la Sabana…p. 78
[21]tonces, ¢l poblamiento se caracterizó por conformar grupos pequeños, que posiblemente se movían a menudo, obteniendo la ayor parte de sus proteínas de venados, sin descuidar la recolección | 41 las muiscas de plantas o la cacería de animales más pequeños, El sitio de Tibitó, excavado por Gonzalo Correal, demuestra,…p. 38
[25]de cerámica decorada, lo cual es congruente con lo encontrado en El Venado. En el período Muisca Tardío aparece cerámica elaborada en la región de Guata- vita, la cual es más común en los sitios con mayor proporción de cerámica decorada. No obstante, se destaca que dentro de la zona que probablemente ocupó la…p. 203
[26]de los sectores del sitio, llamado La Esmeralda, tra la mayor cantidad de cerámica decorada. En especial una dencial (LH-6) tiene más cerámica decorada, con motivos Os y más finamente ejecutada que la del resto del sitio, algunas de las unidades residenciales del mismo sector de La tienen muy poca cerámica decorada.…p. 198
05Economías prehispánicas de ColombiaAlberto Gómez Gutiérrez, Ignacio Briceño Balcázar, Jaime Eduardo Bernal Villegas, Carlos Eduardo López Castaño, Martha Cecilia Cano Echeverri, Francisco Javier Aceituno Bocanegra, Nicolás Loaiza Díaz, Andrea M. Cuéllar, María Alicia Uribe Villegas, Marcos Martinón-Torres, Santiago Giraldo, Daniela Castellanos Montes, Marianne Cardale de Schrimpff, Carl Henrik Langebaek, María Antonieta Corcione Nieto, Catalina Zorro, Luisa Mendoza, Marcela Bernal, Lucero Aristizábal, Leonor Herrera · p. 182, 3704 citas
[10]larga secuencia de ocupaciones humanas en el altiplano, iniciada hace unos 12.000 años, y sus evidencias se encuentran sin interrupción desde el 900 d. C. aproximadamente hasta la conquista española en el siglo XVI y aún varios siglos después, durante el período colonial, en algunas regiones (Langebaek, 1995). M APA…p. 182
[11]larga secuencia de ocupaciones humanas en el altiplano, iniciada hace unos 12.000 años, y sus evidencias se encuentran sin interrupción desde el 900 d. C. aproximadamente hasta la conquista española en el siglo XVI y aún varios siglos después, durante el período colonial, en algunas regiones (Langebaek, 1995). M APA…p. 182
[27]de metal o elaborados con huesos de ciertas clases de animales— servía para marcar una diferencia social que, sin embargo, no tenía relación alguna con el control de la vida económica. En el sitio, es probable que el grupo 2 se asocie con el consumo conspicuo: festejos, exhibición de fauna exótica e incluso consumo de…p. 370
[28]de metal o elaborados con huesos de ciertas clases de animales— servía para marcar una diferencia social que, sin embargo, no tenía relación alguna con el control de la vida económica. En el sitio, es probable que el grupo 2 se asocie con el consumo conspicuo: festejos, exhibición de fauna exótica e incluso consumo de…p. 370
06Historia de Colombia. El Establecimiento de la Dominación EspañolaJorge Orlando Melo · 1977 · p. 61 cita
[13]producción de cerámica en la costa caribe colombiana, pero no es un hecho comprobado que se tratara de sociedades que practicaran agricultura intensiva. La asociación entre uso de la cerámica y un mayor énfasis en el sedentarismo parece clara, pero no así con la agricultura. Por otra parte, las investigaciones de…p. 6
07Nueva Historia de Colombia. Vol. I: Colombia Indígena, Conquista y ColoniaÁlvaro Tirado Mejía, Jaime Jaramillo Uribe · 1989 · p. 27, 36, 543 citas
[16]desarrollo del cultivo del maíz permitió a los pobladores Colombia indígena, período prehispánico 43 -hasta entonces ribereños y dependientes de una combinación de recursos acuáticos y de su agri- cultura de raíces- retirarse de los ríos y exten- derse sobre las laderas del sistema andino. Al ocupar tierras tan…p. 36
[18]nive- les más profundos. La mayoría de los esqueletos corresponden a adultos, enterrados en posición acurrucada dentro de depresiones irregulares ovaladas; hay indicios de incineración y en va- rios casos se hallaron sólo los huesos largos. Aparte de algunas ofrendas funerarias, tales como instrumentos líticos y…p. 27
[34]cultivos. En algunos lugares, como Funza, Tunja y Sogamoso se han hallado vesti- gios de postes u horcones de madera que marcan una construcción circular u ovalada; pero en verdad, aún no se conoce una sola casa muisca sistemáticamente excavada. Lo poco que sabemos de la cultura prehis- tórica de los Muisca se basa…p. 54
08¿Otra historia de Colombia? De tiempos prehispánicos a hoy: lo fundamental en 12 capítulosFelipe Arias Escobar · 2023 · p. 191 cita
[17]la po sibilidad de valorar el legado productivo de nuestra historia. Aquel proceso se remonta, por lo menos, a los últimos cuatro mil años, cuando, según el profesor Carl Langebaek, existen evidencias arqueológicas del aprovechamiento de plantas como complemento de la caza. En ese proceso tan prolongado en el tiempo,…p. 19
09Mercados, poblamiento e integración étnica entre los Muiscas, Siglo XVICarl Henrik Langebaek · 1987 · p. 971 cita
[23]y Castillo, 1984: 181). Teniendo en cuenta lo anterior, es fácil explicar por qué los habitantes del Altiplano, desde los períodos más antiguos (Correal, 1980: 13), conseguían materia prima fina proveniente de otras regiones del país para hacer parte de los implementos de trabajo. En Tequendama, por ejemplo, se…p. 97
10Colombia: bosquejo de su geografía tropical vol. IIErnesto Guhl · 2018 · p. 3151 cita
[29]y 2. 600 msnm, es decir, en la tierra fría. Existen en la Cordillera Oriental tres grandes altiplanicies y numerosas pequeñas; la de Bogotá es la más meridional, y la más extensa, lin- dando con el macizo de Sumapaz en el sur. Abarca ella la parte alta de la cuenca del río Bogotá con un total de 4. 250 km 2, de los…p. 315
11Colombia: bosquejo de su geografía tropical vol. IErnesto Guhl · 2016 · p. 1271 cita
[30]que la descomposición de las areniscas calcáreas en la formación Guadalupe fue más rápida en el Pleistoceno por consecuencia de una gelifrac- ción coactiva con la solución que llegó hasta las orillas del lago Humboldt (Piedras de Tunja). Conclusiones Los resultados obtenidos en esta investigación dan evi- dencia de un…p. 127
12Colombia adentro. Relatos territoriales sobre el conflicto armado. Región CentroComisión para el Esclarecimiento de la Verdad, la Convivencia y la No Repetición · 2022 · p. 371 cita
[32]nieves perpetuas y páramos interminables a la vista, conviven el frailejón, el cañizo y el romero en absoluta quietud y en un silencio que solo se altera con el sobrevuelo del águila. Allí, colchones de musgo, que actúan como esponjas de la naturaleza, gota a gota forman los ríos que marcan la geografía y la historia…p. 37
13Manual de Historia de Colombia, Tomo IJaime Jaramillo Uribe (Director Científico), Gerardo Reichel-Dolmatoff, Juan Friede, Jorge Palacios Preciado, Alberto Corradine Angulo, Francisco Gil Tovar, María Teresa Cristina · 1982 · p. 981 cita
[33]escondido. El arte muisca es r í gido, lineal y altamente estilizado, y se distingue inmediatamente de los estilos elaborados, a veces exuberantes, de las culturas prehist ó ricas de las tierras vecinas. Pero esta misma rigidez y simetr í a, estas superficies opacas y estas formas sobrias, tienen un especial encanto.…p. 98
14Arqueología de Colombia: un texto introductorioGerardo Reichel-Dolmatoff · 2016 · p. 47, 522 citas
[35]i, págs. 117 - 130; págs. 521 - 589, Bogotá. 53 Affíndiciers td Ciciaófs años cuarenta y cincuenta también estaban ocupados con proyectos similares (Lehmann, 1944, 1952 14; Nachtigall, 1955, 1956, 1958, 1960 15), y aquellos que se interesaban en secuencias y escalas cronológicas eran pocos y producían resultados…p. 52
[36]Agustín una posi- ción cronológica «temprana»; muisca y tairona y algunos materiales del alto Cauca se clasificaron como «tardíos», mientras que quimbaya, tierradentro y sinú se agruparon en un periodo «medio» 9. 9 Los principales autores que han postulado una división en «áreas arqueológicas» son, en orden…p. 47
15Muiscas: representaciones, cartografías y etnopolíticas de la memoriaAna María Gómez Londoño (editora), Carl Henrik Langebaek Rueda, Jorge Augusto Gamboa Mendoza, Michael J. Francis, Marta Clemencia Herrera Ángel, François Correa Rubio, Óscar Guarín Martínez, Hermann Trimborn, Luis Fernando Restrepo, Mercedes López Rodríguez, Carlos Andrés Durán · 2005 · p. 1041 cita
[37]superior anterior a la muisca. Otros intelectuales de la época llegaron a sostener ideas muy diferentes a las de Zerda. Manuel Uribe, en Compendio histórico del departamento de Antioquia, defendió la idea de que los habitantes de Antioquia no habían alcanzado un grado de desarrollo nota- ble. Este autor planteó,…p. 104