Cimarronaje y formación de palenques en el Caribe neogranadino (1600–1700)
Entre 1600 y 1700, esclavos africanos fugados de haciendas, minas y muelles del Caribe neogranadino fundaron palenques armados en ciénagas, montes y arcabucos que la corona no pudo destruir, forzando a la administración colonial a alternar el exterminio con la negociación y a reconocer comunidades autónomas. El cimarronaje no fue una fuga individual multiplicada, sino la aparición de un contrapoder que obligó al Estado colonial a renegociar sus propios términos.
- El colapso demográfico indígena en la costa atlántica a fines del siglo XVI intensificó la importación masiva de esclavos africanos por Cartagena —no menos de 110.000 entre 1580 y 1640—, creando la base humana del cimarronaje.
- Las condiciones extremas del sistema esclavista —maltrato, explotación en minas y haciendas, abuso sexual, desequilibrio demográfico severo (cinco varones por cada mujer en haciendas de Cartagena) y ausencia de vida familiar— empujaban estructuralmente a la fuga.
- La existencia de geografías inaccesibles —ciénagas de la Matuna, Montes de María, depresión momposina— que encarecían de manera prohibitiva las expediciones militares de reducción y ofrecían refugio viable a los fugitivos.
- El contrabando de esclavos y la complacencia de las autoridades locales desde al menos 1589 generaron un flujo de desembarcos superior al registrado, dificultando el control colonial y ampliando el contingente potencial de cimarrones.
- La ausencia de vías legales efectivas de libertad —la manumisión y la compra de la libertad eran vías estrechas— dejaba la fuga como una de las principales salidas disponibles para los esclavizados.
- Surgimiento de comunidades autónomas con organización política propia —cabildo electivo, autoridades elegidas por mérito y servicio— que desafiaron estructuralmente el orden esclavista colonial, siendo el palenque de Matuna la matriz institucional copiada por los palenques de Loba, Mompox y la Sierra de María.
- La corona se vio obligada a alternar el exterminio con la negociación: en 1619 fueron declarados libres algunos grupos cimarrones en la región de Cartagena y se les adjudicaron tierras, mientras que a fines del siglo XVII se ordenó el exterminio total de los palenqueros, evidenciando la incapacidad del Estado colonial para imponer una política coherente.
- San Basilio de Palenque alcanzó el estatus de comunidad negra autónoma mediante un acuerdo con las autoridades coloniales, convirtiéndose en el único palenque del período con reconocimiento oficial y en el antecedente directo de la comunidad que preserva hasta hoy lengua y cultura propias.
- El fenómeno adquirió dimensión regional transversal a las gobernaciones, obligando a intentos de coordinación entre el gobernador de Cartagena y el de Caracas, y generando una cartografía de franjas del Caribe donde el orden esclavista pactó porque no pudo arrasar.
- La memoria del cimarronaje se prolongó en el tiempo: comunidades afrodescendientes de La Guajira como Tabaco, Roche, Manantial, Patilla y Chancleta atribuyen su origen a negros cimarrones que se liberaron hacia 1780, evidenciando una continuidad histórica de la resistencia.
Cimarronaje y formación de palenques en el Caribe neogranadino (1600–1700)
Entre 1600 y 1700, en las ciénagas, montes y arcabucos que rodean Cartagena de Indias, esclavos africanos fugados de haciendas, minas y muelles fundaron asentamientos armados que la corona no pudo destruir. Se los llamó palenques. Nacieron en los intersticios geográficos del sistema esclavista más intenso de la América española —el que tenía a Cartagena como su gran factoría atlántica— y, al hacerse militarmente inexpugnables, forzaron a la administración colonial a alternar el exterminio con la negociación. De esa alternancia salieron capitulaciones, tierras adjudicadas, comunidades reconocidas. El siglo XVII neogranadino se cierra con un mapa en el que la corona sigue mandando, pero ya no en todas partes: hay franjas del Caribe donde el orden esclavista pactó porque no pudo arrasar. El cimarronaje no fue una fuga individual multiplicada, sino la aparición de un contrapoder que obligó al Estado colonial a renegociar sus propios términos.
La factoría de Cartagena y la geografía que la desbordaba
Cartagena de Indias fue, entre aproximadamente 1580 y 1640, el principal puerto de entrada de esclavos africanos a la América española. Por sus muelles ingresaron bajo registro no menos de 110.000 esclavos africanos en ese período, cifra referida únicamente a las entradas asentadas y que supera a la de cualquier otro puerto del Caribe o de Brasil en esa franja. La ciudad operaba como una gran factoría redistribuidora que enviaba mano de obra esclava hacia el Perú, el Río de la Plata, las Antillas y el interior de lo que hoy es Colombia. Entre 1618 y 1624, en solo seis años, se contabilizaron 29.574 esclavos introducidos por Cartagena.
El sistema se sostenía sobre asientos que la corona firmaba y renegociaba con cada crisis. Los inaugurados en 1587 con Pedro de Sevilla y Antonio Méndez Lamego comprometían el paso de tres mil esclavos en seis años. Entre 1595 y 1640, durante la unión de las coronas española y portuguesa, la trata dependió estructuralmente de asentistas portugueses. Y por debajo de los registros oficiales corría un flujo paralelo que las autoridades nunca controlaron: desde al menos 1589 hay constancia de contrabando en Cartagena, con embarcaciones que llegaban con licencias falsificadas, con licencias de esclavos difuntos, sin pagar derechos de importación, bajo la complacencia de las autoridades locales. El volumen real de desembarcos superaba en consecuencia al registrado, aunque no admite cuantificación precisa.
El ingreso masivo respondía a una emergencia de mano de obra. El colapso demográfico indígena de la costa atlántica hacia fines del siglo XVI había vaciado las cuadrillas de bogas, agricultores y sirvientes; los africanos vinieron a sustituir esa fuerza de trabajo en los transportes fluviales del Magdalena, en las haciendas ganaderas de Mompox, en las minas de oro del norte de Antioquia, en los servicios urbanos de Cartagena. La sociedad esclavista que se levantó sobre esa base era, sin embargo, demográficamente inviable en sí misma. En nueve haciendas de la provincia de Cartagena, entre 1633 y 1724, había cinco esclavos varones por cada mujer, y los menores de quince años no alcanzaban el 5 % de la población esclava. La trata reponía cuerpos porque la población esclava no podía reproducirse: no había suficientes mujeres, no había familias, no había niños. El sistema dependía del suministro externo continuo y era frágil por todos sus flancos.
Alrededor de la ciudad se abrían tres tipos de territorio que la administración colonial nunca dominó por completo. Al sur, hacia el interior, las estribaciones de la Serranía de San Jacinto —la Sierra de María o Montes de María— se cerraban en montaña espesa: barrancas, despeñaderos, densa vegetación de árboles y brozas que, según se decía, dificultaba incluso ver la claridad del sol. Al oriente, entre el río Magdalena y las tierras firmes, se extendían las ciénagas de la Matuna, un mundo anfibio de anegadizos, caños y manglares intransitables sin conocimiento local. Más al sur, en torno a Mompox y hacia la depresión momposina, se abría un archipiélago fluvial de brazos, islas y esteros que comunicaba con las minas de Antioquia por el Cauca y por el Nechí. Estas tres geografías —montaña cerrada, ciénaga y depresión inundable— serían el territorio del cimarronaje neogranadino. No fueron elegidas por gusto: fueron elegidas porque encarecían de manera prohibitiva cualquier expedición militar de reducción.
La huida como respuesta a un sistema
La fuga era la salida más frecuente porque las demás estaban clausuradas. La manumisión y la compra de la libertad existían, pero eran vías estrechas; el suicidio y el infanticidio, formas de resistencia extrema, eran frecuentes tanto en los barcos negreros como en las cuadrillas americanas. En ese abanico limitado, el cimarronaje —la huida al monte— fue una de las principales vías por las que los esclavos alcanzaron la libertad durante el período colonial.
El maltrato cotidiano, las formas extremas de explotación en minas y haciendas, el abuso sexual impune de los amos sobre las esclavas, el desequilibrio demográfico severo que impedía la vida familiar: todo empujaba hacia la fuga. Los primeros grupos que se internaron en las ciénagas de la Matuna y en las faldas de la Sierra de María vivieron al principio de la pesca y del cultivo de pequeñas parcelas, en escala mínima. Pero el flujo era constante. Cada nuevo cargamento desembarcado en Cartagena, cada nueva cuadrilla enviada río arriba, cada nuevo esclavo azotado en una hacienda ganadera de Mompox alimentaba, por sustracción, el poblamiento del monte. Los palenques crecieron por acumulación silenciosa antes de aparecer en los papeles de la administración.
La huida no era gesto individual sino operación colectiva. Se fugaban cuadrillas enteras, muchas veces con complicidad de esclavos que quedaban en la hacienda y avisaban rutas, escondrijos y momentos. Los caminos del monte se aprendían de fugitivos anteriores; las trochas de las ciénagas se transmitían de boca en boca; los sitios de refugio se marcaban con señales que solo los suyos leían. La fuga era, ya en su forma más elemental, un acto de organización.
Cuando aparecieron en los papeles, lo hicieron con nombre propio.
Matuna y el reino del arcabuco
El primer gran palenque documentado del Caribe neogranadino fue el de la Matuna, fundado en las ciénagas del mismo nombre a comienzos del siglo XVII bajo el liderazgo de Domingo Bioho, conocido como Benkos Biohó. Fue en la Matuna —no en San Basilio, como sostiene la tradición popular— donde Bioho fue proclamado "rey del arcabuco". El título no era decorativo: designaba un liderazgo político en un territorio, el monte cerrado, que en el castellano de la época se llamaba precisamente arcabuco.
La Matuna alcanzó un tamaño que obligó a organizarse políticamente. Bioho fue rey, pero la comunidad eligió en cabildo a sus propias autoridades según mérito y servicio. Dentro del palenque no funcionaba una jefatura hereditaria calcada del modelo africano ni una autoridad impuesta por fuerza, sino un cuerpo electivo que reconocía competencia y trayectoria. La Matuna produjo una forma política propia: no una banda armada, no un refugio provisional, sino una comunidad con reglas de gobierno. Ese modelo —el cabildo electivo— fue después copiado por los palenques que surgieron en la zona de Loba y en torno a Mompox. La Matuna funcionó como matriz institucional del cimarronaje neogranadino.
La corona respondió con expediciones militares. Bajo la gobernación de Jerónimo de Suazo y Casasola y luego de García Girón se enviaron partidas armadas contra la Matuna en las primeras décadas del siglo XVII. Bioho fue capturado, y su ejecución en Cartagena cerró la primera fase del cimarronaje visible. Pero la comunidad ya había hecho su trabajo: había demostrado que en la ciénaga se podía vivir, defenderse y gobernarse. Los palenques posteriores heredaron ese saber.
La proliferación: de Loba a la Sierra de María
Durante el resto del siglo XVII, los palenques se multiplicaron a lo largo del Caribe neogranadino con una geografía reconocible. Al sur de Mompox surgieron asentamientos formados por esclavos fugitivos de las minas de oro del norte de Antioquia —los que bajaban por el Cauca y el Nechí desde Zaragoza de las Palmas y sus contornos—, y esos palenques persistieron protegidos por la dificultad del terreno. En la zona de Loba y la depresión momposina se levantaron comunidades organizadas siguiendo el modelo de la Matuna, con cabildo propio y autoridades electivas. En los manglares de la Matuna misma —desmantelado el palenque original— siguieron viviendo grupos menores que se sostenían de la pesca y cultivos pequeños, y que, como describiría más tarde Antonio de la Torre, hostigaban las haciendas cercanas y mantenían costumbres contrarias al canon católico. En la Sierra de María se consolidó el asentamiento que devendría San Basilio de Palenque, en la falda de la montaña, a tres leguas del paso de Gambote.
El movimiento no se detuvo en la gobernación de Cartagena. Negros cimarrones fugados de haciendas ganaderas de Mompox buscaron refugio en lugares cada vez más remotos; algunos llegaron hasta La Guajira, donde se refugiaron entre los indígenas y se les llegó a conocer como "los negros del Mariscal Castellanos", inquietando a los gobernantes españoles de la región. La palabra clave es aquí inaccesibilidad. La supervivencia de cada palenque dependía de que el costo militar de reducirlo excediera el beneficio político de destruirlo.
Las autoridades leyeron ese cálculo. Ante la abundancia de palenques en la región, el gobernador Lope de Orozco intentó, siguiendo órdenes reales llegadas desde España, coordinar acciones con el gobernador de Caracas para operar de manera conjunta contra los cimarrones. La coordinación se ensayó porque el problema no era ya local: los palenques configuraban un fenómeno regional, transversal a las gobernaciones, y las jurisdicciones aisladas no daban abasto.
La geografía imponía además una lógica de racimo. Un palenque grande atraía fugados de haciendas cercanas, y de ese excedente se desprendían asentamientos satélites que colonizaban las orillas del monte y las bocas de los caños. La Matuna, Loba, la Sierra de María funcionaron cada una como núcleo de una constelación de aldeas menores que no siempre aparecen nombradas en los expedientes pero cuya existencia se deduce del volumen de fugas registradas y de las partidas de captura que la administración enviaba con destinos difusos, contra "los negros del monte" sin precisar cuál.
Cómo funcionaba un palenque
La vida interna de estas comunidades tenía rasgos comunes. La economía combinaba cultivos —ñame, arroz, yuca—, cría de ganado, caza y pesca, con una división del trabajo en la que las mujeres salían diariamente del poblado a vender los productos del monte en los mercados de las haciendas o los caminos vecinos. Esa visibilidad económica femenina, común a los palenques y particularmente documentada en San Basilio, sería después leída con hostilidad por la sociedad esclavista externa como signo de ociosidad masculina y motivo de burla hacia la mujer por "sostener al marido". Era, en realidad, un arreglo productivo que ponía en manos de las mujeres la interfaz comercial con el mundo colonial circundante.
El desequilibrio demográfico entre sexos, heredado del propio sistema esclavista, no se resolvió del todo dentro de los palenques. En cimarronajes americanos comparables se recurrió a normas que asignaban turnos nocturnos de cada mujer a distintos palenqueros; en los del Caribe neogranadino pudieron darse arreglos similares. La comunidad se reprodujo a lo largo de generaciones, consolidó lenguas propias —el palenquero de San Basilio, resultado de la convivencia prolongada de individuos de distintas regiones de África— y desarrolló prácticas rituales complejas, con una división sexual del espacio y del rito en la que las mujeres cumplían un rol sagrado central en la funebria, con cantos y danzas, y los hombres también participaban.
Con las haciendas vecinas la relación fue casi siempre violenta. Los palenques hostigaban, robaban ganado, atacaban propiedades. En Amaime y El Bolo, en el Valle del Cauca, la ecuación se invirtió: los palenqueros establecieron relaciones armónicas con las haciendas del entorno. La ecuación entre palenque y sistema esclavista no era mecánica; dependía del terreno, del liderazgo, del cálculo mutuo.
El armamento provenía en su mayoría del propio saqueo. Machetes, lanzas de madera endurecida al fuego, arcos, algunas armas de fuego arrancadas a las partidas de captura o compradas a comerciantes clandestinos. La defensa se basaba menos en el equipo que en el terreno: emboscadas en los desfiladeros de la Sierra de María, ataques desde canoas en los caños de la Matuna, retiradas hacia el interior del monte cuando la partida era numerosa. Un palenque no vencía a la tropa colonial en campo abierto; la agotaba en su propio patio.
El expediente del Limón
Uno de los pocos palenques del siglo XVII que dejó huella archivística legible es el del Limón, activo hacia 1634. En el castillo de Manga, en Cartagena, el 18 de enero de ese año, se tomó declaración a Francisco Angola, y su testimonio permite mirar el cimarronaje desde adentro, aunque sea a través del filtro del interrogatorio judicial. El nombre de la comunidad —el Limón— aparece asociado a un asentamiento ubicado en la zona de influencia cartagenera, con cuadrillas hostiles a las haciendas cercanas y una vida cotidiana que replicaba la matriz de la Matuna: cabildo, cultivos, defensa armada.
La declaración de Francisco Angola describe una comunidad con oficios diferenciados, con hombres encargados de la vigilancia de los caminos y las trochas, con mujeres que salían al comercio de los mercados vecinos, con un núcleo de cultivo y otro de defensa. Angola fue interrogado sobre las rutas de acceso al palenque, sobre el nombre de sus capitanes, sobre la procedencia de sus armas, sobre los vecinos españoles o mestizos que comerciaban con la comunidad. Sus respuestas —modeladas por el miedo, por el tormento judicial, por la lógica misma del interrogatorio— dibujan sin embargo un asentamiento organizado: un jefe militar reconocido, una autoridad civil distinta, una división de tareas que no se improvisa en semanas.
El expediente permite además reconstruir la red de complicidades que sostenía al Limón desde fuera. Comerciantes menores intercambiaban pólvora, herramientas y sal a cambio de productos del monte y de reses hurtadas a las haciendas cercanas. Bogas del Magdalena transportaban información en ambas direcciones. Esclavos aún atados a cuadrillas vecinas encubrían a los prófugos y les avisaban de las partidas de captura. El palenque no era una isla: era un nodo en una red de intercambios ilegales que atravesaba la sociedad esclavista y la usaba en su propio provecho.
El del Limón forma parte de un conjunto mayor de causas judiciales abiertas en Cartagena a lo largo del siglo contra esclavos fugados y capturados, contra vecinos acusados de comerciar con palenques, contra bogas del Magdalena sospechosos de encubrir a cimarrones. En esos legajos aparecen los nombres —Francisco Angola, Pedro Mina, María Biafara— y las procedencias africanas de una parte de la población palenquera. Aparecen también los itinerarios de fuga: de una hacienda cerca de Turbaco al monte de María; de una cuadrilla minera en el Nechí a la depresión momposina; de un servicio doméstico en Cartagena a los manglares de la Matuna. El siglo XVII de los palenques está registrado, sobre todo, en los interrogatorios de sus miembros capturados. Francisco Angola es una voz entre muchas, filtrada por el escribano y el verdugo, pero es también una de las pocas que llega hasta hoy con nombre.
La corona pendulea: exterminio y capitulación
A lo largo del siglo XVII, la política colonial hacia los palenques osciló entre dos extremos que rara vez lograron estabilizarse. En 1619 fueron declarados libres algunos grupos de negros cimarrones en la región de Cartagena y se les facilitaron tierras para labrar: una concesión formal, arrancada por la evidencia de que la represión pura no había dado resultado. Hacia fines del mismo siglo, y en abierta contradicción con esa política, se ordenó el exterminio total de los palenqueros. La corona no tenía una doctrina única: tenía tanteos sucesivos y contradictorios.
Detrás del péndulo había un cálculo material. Cada expedición militar contra un palenque instalado en ciénaga o serranía era carísima. Las tropas se enfermaban, se perdían en el terreno, se dispersaban ante enemigos que conocían cada caño y cada trocha. Los palenqueros de San Basilio resistieron con violencia armada múltiples expediciones que intentaron reducirlos, causando muertes entre sus perseguidores e incluso entre sus propios amos que participaban de las partidas. La geografía y la organización militar cimarrona hacían inviable la reducción por la fuerza. La negociación se abría paso por agotamiento del recurso represivo.
El caso más nítido de negociación llegó ya en el siglo XVIII y permite leer hacia atrás la lógica del período anterior. Los palenqueros de San Basilio capitularon con las autoridades coloniales por mediación del Ilustrísimo Casiani, obteniendo el reconocimiento de su población en la falda de la montaña de María bajo ciertas condiciones. En 1732, la Real Audiencia de Quito intentó reducir pacíficamente el palenque El Castigo ofreciendo paz, libertad y el derecho de seguir viviendo tranquilos, con la condición de no admitir nuevos prófugos, condición que los palenqueros nunca cumplieron. En 1745, una expedición al mando de Juan Álvarez Uría y Tomás Hurtado sometió militarmente El Castigo, con mediación del padre franciscano fray José Joaquín de Barrutieta para persuadir a los fugitivos de presentarse.
En estos episodios se ve con precisión la estructura del pacto. La corona reconocía a la comunidad palenquera existente —libertad para los ya fugados, tierras adjudicadas— a cambio de que la comunidad clausurara el flujo. El acuerdo buscaba convertir el palenque de contrapoder abierto en enclave cerrado: una autonomía a cambio de dejar de ser puerta de fuga para los esclavos por venir. Los palenqueros de El Castigo se negaron a cumplir esa cláusula, y por eso el pacto se rompió y llegó la expedición militar. San Basilio, en cambio, habría cumplido lo pactado con la corona hasta aproximadamente la década de 1770, a juzgar por la persistencia de esclavos en haciendas adyacentes.
La condición cimarrona del "pacto colonial"
Este último punto reorganiza la lectura de todo el siglo XVII. El llamado "pacto colonial" —el esquema por el cual la corona reconocía derechos, tierras y autonomías a comunidades subordinadas— no fue, en el Caribe neogranadino, una arquitectura otorgada desde arriba en un gesto ilustrado. Fue una arquitectura de concesiones arrancadas desde abajo por la fuga armada. Sin la Matuna, sin Loba, sin la Sierra de María, sin las cuadrillas fugadas de Antioquia que hicieron inviable el control territorial al sur de Mompox, no habría habido cédulas de libertad en 1619 ni capitulaciones posteriores. La corona negoció porque no pudo destruir; y no pudo destruir porque los palenques habían transformado una geografía marginal en un territorio militarmente costoso.
La contraparte de esa victoria fue que las capitulaciones sirvieron simultáneamente como instrumento de gestión del disenso. La corona reconoció comunidades específicas a cambio de que dejaran de funcionar como puerta abierta para el resto del sistema esclavista. Convertidas en enclaves reconocidos, algunas comunidades palenqueras dejaron de ser el foco de contagio que habían sido en su fase de crecimiento. El pacto fue victoria y contención a la vez.
Esto no reduce la magnitud del logro cimarrón. Al contrario, lo sitúa en su escala real. Las comunidades del monte forzaron a la primera potencia esclavista del Caribe hispánico a firmar tratados con esclavos fugados. Ese hecho desmiente cualquier narrativa que presente el orden colonial como un poder unidireccional que otorga desde arriba lo que las poblaciones dominadas reciben abajo. En el Caribe neogranadino, la administración imperial pactó con quienes había definido como su enemigo, y pactó porque ese enemigo tenía territorio, gobierno propio y armas.
Sobre puntos concretos de esta historia persisten discrepancias. La más notoria es la relativa a la fundación de San Basilio: la reconstrucción documental atribuye a Bioho la fundación de la Matuna y no de San Basilio, mientras la tradición popular de los habitantes de Palenque y parte de la literatura académica anglófona lo asocian directamente con la comunidad que llegó a conocerse como San Basilio. La discusión tiene consecuencias en la memoria pública: el monumento a Benkos Bioho que hoy preside la plaza de San Basilio consagra la versión popular, mientras la reconstrucción archivística ubica al rey del arcabuco en la Matuna. Ambos linajes de memoria coexisten.
Lo que queda
El siglo XVII se cierra en el Caribe neogranadino con un balance singular. La factoría cartagenera sigue siendo la más importante entrada de esclavos al continente. La trata sigue arribando cuerpos por decenas de miles. Y sin embargo, en las ciénagas de la Matuna, en las faldas de la Sierra de María, en la depresión momposina, hay comunidades de africanos y afrodescendientes libres que gobiernan su propio territorio, eligen sus autoridades en cabildo, cultivan y comercian, y negocian con la corona en pie de fuerza. Esas comunidades no son excepción anecdótica al orden colonial: son una parte constitutiva de él.
San Basilio de Palenque persiste. La lengua palenquera sobrevive, resultado de aquella convivencia prolongada de africanos de procedencias diversas. La memoria oral, transmitida generación tras generación en las faldas de la Sierra de María, sostiene los nombres y las genealogías de una comunidad que se sabe hija de la Matuna y del cabildo electivo del arcabuco.
El orden esclavista neogranadino, el más denso de la América hispánica, no fue capaz de imponerse enteramente sobre el territorio que administraba. Hubo geografías —ciénaga, serranía, depresión inundable— donde el poder colonial tuvo que pactar porque no pudo entrar. Y el cimarronaje, lejos de ser una fuga individual repetida, fue una forma política: un contrapoder que produjo instituciones, arrancó reconocimientos y dejó comunidades que todavía existen.